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viernes, 22 de febrero de 2013

Django



En vísperas de la Guerra de Secesión Americana, King Schultz, un cazador de recompensas, libera al esclavo Django para que le ayude a detener a tres peligrosos forajidos. Una vez resuelto el trabajo y ya convertidos en amigos, Django y Schultz tratarán de liberar a la esposa del primero de las manos de un malvado terrateniente sureño.

El spaghetti western, o western a la europea, surgió como una modulación bastarda del género americano por excelencia. Basado ante todo en la violencia, los vaqueros refundados por Sergio Leone carecían de dilemas morales como los de James Stewart en las películas de Anthony Mann o de John Wayne en Centauros del Desierto. Si las películas clásicas de vaqueros (caballeros andantes de una joven nación) trataban de mostrar los valores genuinamente americanos, los pistoleros europeos actuaban, sobretodo, por una sanguinaria razón: la venganza.

En Django Desencadenado, curiosamente, Quentin Tarantino homenajea el spaghetti, americanizándolo. A su pistolero no le mueve el deseo de venganza, su misión es virtuosa, ejemplar. Django pretende salvar a amada, cautiva en un castillo sureño por un malvado ogro esclavista. De hecho, el cineasta de Knoxville relaciona la aventura de su héroe protagonista con la leyenda germánica de Sigfrido. No es la única contradicción en su homenaje. A nivel formal, las miradas penetrantes y los tensos silencios que imprimía el cine de Leone y sus predecesores, son sustituidos aquí por los afilados diálogos marca Tarantino.

Si Malditos Bastardos no era un film bélico, más bien una carta de amor al cine como manera de reformular la Historia, Django no es exactamente un spaghetti western. Tarantino ha decidido crear otro mito americano (en este caso afroamericano). El principal problema de su héroe nacional es que enmudece ante los tres secundarios que le rodean. Algo que ya ocurría en la anterior obra del cineasta, donde los Bastardos, los soldados judíos comandados por Brad Pitt, tenían menos importancia en la historia que el nazi que les perseguía (Cristoph Waltz) y la vengativa proyeccionista que encarnaba Mèlanie Laurent.

Durante la mayor parte del metraje, el refinado caza recompensas europeo (de nuevo un soberbio Cristoph Waltz) se come al pobre Django de Jaime Foxx. También los magníficos villanos tienen más profundidad que el protagonista. Leonardo DiCaprio compone con gracia y soltura un histriónico caballero del Viejo Sur más cercano a la realidad que el mítico Rhett Butler de Lo que el viento se llevó, y el gran Samuel L. Jackson se encarga de bordar el papel más complejo de todos, el de un esclavo enamorado del sistema que oprime a su pueblo.


Django Desencadenado padece de una duración excesiva, aunque el director consigue mantener el interés. Por supuesto, cuenta con grandes momentos genuinamente Tarantino, pero son menos frecuentes e intensos que en otras de sus películas. A su favor, la banda sonora, la pericia narrativa de su autor y el magnífico trabajo de los secundarios que acompañan a su tenue protagonista.

viernes, 4 de enero de 2013

El Cuerpo



El cadáver de una poderosa mujer desaparece de la morgue. Al mismo tiempo que comienza la búsqueda del cuerpo, se inicia la investigación sobre su posible asesinato. Así, un policía de turbio pasado deberá resolver el rompecabezas que forman la propia ¿muerta?, su marido y la amante de este.

Oriol Paulo, guionista de Los Ojos de Julia, debuta en el largo con un thriller a medio camino entre Las Diabólicas y Una Pura Formalidad. En El Cuerpo el asesino se convierte en víctima de su propio crimen sin estar siquiera seguro de haberlo cometido. Las angustias del protagonista (un químico arribista pero pusilánime) son lo mejor de la película (la escena del lavabo es impagable). Sin embargo, el duelo intelectual con el policía que le interroga no está altura de esos momentos.

Paulo se muestra como un realizador más que competente a la hora de crear atmósferas y regular la tensión, pero la cinta se ve lastrada por un desbarajuste narrativo muy pesado hacia la mitad del metraje y un volantazo final a lo Sospechosos Habituales tan sorprendente como complicado.

Con todo, El Cuerpo es un apreciable debut en el que el galán televisivo Hugo Silva ofrece una interpretación matizadísima y, a su lúgubre manera, entrañable.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Skyfall



Si Connery es el James Bond clásico, Labezny el efímero, Moore el gracioso, Dalton el serio y Brosnan el guapo, Daniel Craig será recordado, su rotunda figura lo permite, como el James Bond duro, pétreo. Pero también el más emocional y desubicado de todos. El Bond de Daniel Craig ha necesitado de tres películas para reformularse (con bastante apoyo, por cierto, Labezny y Dalton no duraron tanto).

En el año 2006, acomplejado ante la figura post-Guerra de Irak del espía amnésico Jason Bourne, los dirigentes de la franquicia resolvieron dar una vuelta de tuerca al personaje hacia los nuevos tiempos. El 007 de Casino Royale era un agente marcado por el desamor y alejado de la frivolidad de las entregas de Pierce Brosnan. Con Quantum of Solace (excelente título, traducible como “un pedazo de consuelo”) la seriedad del tono se fue de madre con una de las entregas más aburridas de la saga. Inteligentemente, Skyfall ha decidido volver a los orígenes o más bien reinventar las premisas de la saga (hace mucho que un malo de Bond no poseía una isla).

Tras dar por muerto a Bond, los servicios secretos británicos, con M a la cabeza, sufren el acoso de un terrorista cibernético. 007 regresará de la tumba para salvar un mundo, el suyo (o el nuestro), al borde del colapso.

Bond regresa a Londres (Skyfall es la entrega menos exótica de la saga), y con el vuelven otros personajes que ya se creían desaparecidos como Q, el fabricante de gadgets, interpretado por un estupendo Ben Whishaw. Naomi Harris sigue el nuevo modelo de chica Bond inaugurado por Eva Green, posfeminista, inteligente y mordaz, un personaje llamado a acabar a través de la réplica con el coqueteo del Bond más machista. De hecho, Daniel Craig es el 007 más monacal, apenas seduce a una mujer por película y no siempre llega a rematar. En Skyfall, la verdadera chica Bond es M  (de magnífica, por Judi Dench), representante de ese matriarcado que es el Imperio Británico donde los soberanos más recordados y queridos por el pueblo son siempre mujeres, desde Boadicea a Isabel II. Salen también, Albert Finney, Ralph Fiennes y Rory Kinnear, muestra generacional de la gran tradición de intérpretes británicos.

En cuanto al villano, Javier Bardem compone, con su habitual maestría, un malvado inteligente y enloquecido de una sexualidad nada ambigua. Es curioso que los malos más memorables de James Bond siempre atentan contra su virilidad. Goldfinger quería castrarlo con un rayo láser, Xenia Onatopp asfixiarlo mientras copulaban y Le Chiffre reventarle los testículos.

007 retorna de la mano de un cineasta igual de desubicado, Sam Mendes. Pese a ser un productor teatral de conocido prestigio (ojo a la serie The Hollow Crown que produjo para la BBC) y debutar en el cine con American Beauty, a Mendes se le escapan las mieles de la autoría. Sin embargo, el galardonado director se desenvuelve con acierto en el cine de acción, como demuestra en el set piece de Estambul, y es lo suficientemente atrevido para intercalar sin complejos retazos de la realidad contemporánea (como los atentados del metro de Londres, la debacle Lehmann Brothers y el caso Wikileaks) en un notable blockbuster.

Lo mejor, Daniel Craig, perfecto Bond para el tiempo en que vivimos, la escena en la isla de Javier Bardem y el maravilloso score de Adele, a la altura del Goldeneye de Tina Turner y el canónico Goldfinger de Shirley Bassey.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Cine a la intemperie



La Muestra de Cine Europeo Ciudad de Segovia ha incluido en su selección algunos ejemplos de lo que se empieza a denominar como Cine a la Intemperie. Una corriente cinematográfica a la que la industria española parece (forzosamente) encaminada.

Sin el apoyo financiero de unos organismos oficiales a dos velas y un sector en total remodelación, los nuevos cineastas patrios han tenido que acogerse a las maneras del Notodofilmfest y rodar con métodos de guerrillero. A saber, escaso presupuesto, cámaras y medios digitales, pocas localizaciones y un equipo técnico y artístico casi espontáneo; amén de la todopoderosa Red como medio de financiación, promoción y (sorpresa) distribución.

Lo cierto es que estás privaciones prometen una revolución en continente y contenidos para una cinematografía (la nuestra) que suele llegar a destiempo a las tendencias más arriesgadas.

En el año 2010, Juan Cavestany estrenó de forma intermitente (como el Guadiana)  Dispongo de barcos, un intuitivo proyecto rodado en fines de semana. Tras él, vinieron muchos. Con el minutado desarrollo de El Cosmonauta, se empezó a conocer el término crowdfunding. El actor Paco León hizo tambalearse al sistema tradicional de distribución con Carmina o Revienta, una picaresca exaltación familiar. Del sur procede también El mundo es nuestro, de Alfonso Sánchez, afortunadísima traslación a la gran pantalla de un fenómeno de Internet. Y habrá más ejemplos, hasta cineastas encumbrados se plantean tomar ese camino.

El certamen segoviano ha conseguido traerse a una ciudad de provincias (y, sólo este tipo de iniciativas lo permite) películas como las últimas de David Trueba y Nacho Vigalondo, que aunque con presupuestos mucho más holgados, siguen la dinámica del cine low cost. Ambos cineastas han echado mano a la RedOne de sus colegas y han filmado Madrid 1987 y Extraterrestre. A falta de ver las intimidades de María Valverde y José Sacristán en la película de Trueba, decir que con Extraterrestre, Vigalondo ha dado otra vuelta de tuerca a la principal constante de su obra: el derrumbe masculino (y este concepto puede entenderse en más de un sentido).

La última película del director cántabro es menos afortunada que sus anteriores piezas, todo hay que decirlo, pero cuenta con un reparto inspiradísimo y chanante y un original cruce de géneros que, de hecho, no lo es tanto. El nave nodriza suspendida sobre Madrid no es más que una excusa para examinar a los tres pretendientes que orbitan alrededor de una estupenda Michelle Jenner. Primero un vecino puerilmente obsesionado por un amor que no puede alcanzar (el berrinche que se lleva, vía pelotas de tenis, es antológico). Después un novio/Rambo que no sabe lo que tiene y decide abandonarlo para salvar el mundo. Y, entre medias, un ligue de una noche, atribulado y manipulador, que deberá ordenar todo el esperpento.

El Muces también ha proyectado la mayor obra de este cine casi desguarnecido de subvenciones: Diamond Flash. El debut del dibujante Carlos Vermut va más allá de visionario. Hipnótica, femenina y maravillosamente incomprensible, este destello de diamante (entre Lynch, Tarantino y Almodóvar) está llamado a convertirse en el Arrebato de una nueva generación de espectadores. Pese a ser una historia de mujeres (atención a Angela Boix y Eva Llorach), cabe señalar la intervención del cómico Miguel Noguera y el speech radiofónico que se marca Raúl Minchinela (aka Dr. Repronto).

martes, 20 de noviembre de 2012

¡Atraco!



Un par de patriotas argentinos, peronistas en el exilio, deben asaltar una joyería madrileña para recuperar las empeñadas joyas de Eva Perón antes de que doña Carmen Polo, esposa de Franco, se haga con ellas.

La nueva película de Eduard Cortés se basa en una de las muchas, aunque siempre poco filmadas, teorías de la conspiración que nutren el imaginario español. Está en concreto nació a partir de un célebre asalto perpetrado por dos ladrones sudamericanos. No es extraño que el productor sea Pedro Costa, recordar que a través de su mítica serie La Huella del Crimen la reciente España democrática pudo reconocerse en los más turbios criminales del país. ¡Atraco! también hace referencia a otro hecho bien conocido, la afición de Carmen Polo de Franco por las joyas (la apodaban La Collares) y su famosa rapacidad (después de morir su esposo arrambló con parte del tesoro del Palacio del Pardo).

La trama bascula entre la comedia durante la primera parte, el policíaco clásico en la segunda mitad y el drama puro y duro en sus últimos minutos. También hay tiempo para una historia de amor protagonizada por la guapa Amaia Salamanca. Demasiados palos que el director toca como puede. ¡Atraco! logró una taquilla espectacular en Argentina y no nos debe extrañar. La película es entretenida, hábil y con momentos muy ingeniosos.

Sin embargo, su lectura de la Historia con mayúsculas,  provoca una reflexión, aunque hay que admitir que la película no busca nada de esto. Mientras que la revisión argentina tiene un tratamiento entrañable (y mitificado), la parte española se empeña en repetir los tópicos de siempre de manera, y esto es lo terrible, típicamente habitual (aunque Cortés tiene el descarado acierto de mostrar una posguerra española de lo más colorista). Por eso, no sorprende que el tramo de los policías españoles enmudezca ante la parte de los atracadores argentinos. Está inusual pareja, encarnada por Nicolás Cabré y un monumental Guillermo Francella, es la que al final se apodera de la pantalla.

Por último un pequeño apunte histórico. Cuando Evita viajó a España en 1947 pidió con su habitual entusiasmo ver a los descamisados españoles, es decir, a los pobres. Los militares franquistas, alarmados por su popularidad, le explicaron aquello que la propaganda del régimen no se cansaba de repetir: En la España de Franco no había pobres.

Respecto a la relación entre Evita y Carmen Polo, una imagen vale más que mil palabras.


domingo, 18 de noviembre de 2012

Reality



En una de las historias que componen Gomorra (2008) –adaptación del libro de Roberto Saviano, con la que Mateo Garrone desglamourizó el cine de gángsteres-, dos adolescentes se creen capaces de alcanzar su particular paraíso mafioso, por su cuenta, sin ayuda de ningún clan, tras hacerse con un pequeño arsenal de armas. En Reality, nueva película del cineasta, un humilde pescadero napolitano pierde la cabeza ante la posibilidad de entrar en el programa Gran Hermano.  Ambas obras se asemejan más de lo que parece a primera vista, y no solo por el tono casi documental que Garrone imprime a sus imágenes, llenas de realismo y cotidianidad. Las dos muestran esa obsesión por alcanzar un nirvana viciado que parte de la sociedad italiana (y, por ende, europea) parece sufrir.

Si Gomorra conseguía apartarse del modelo gángsteril apadrinado por Coppola-Scorsese, para radiografiar sin atisbo de épica o redención los extensos tentáculos de la camorra napolitana; en Reality, Garrone ha decidido volver a los orígenes y se ha inspirado en la gran Commedia all'italiana. Esta corriente cinematográfica (a la que el cine español debe tanto) retrató entre el neorrealismo y el esperpento, los cambios sociales que vivió Italia entre los años cincuenta y setenta.

Un impecable Aniello Arena (en la vida real, un antiguo sicario de la Camorra reconvertido en actor) interpreta a Luciano que tras las insistencias de sus parientes se presenta al casting de Gran Hermano, programa estrella de la televisión del siglo XXI que ha redefinido para siempre el concepto celebridad. Garrone llena de referencias religiosas la pantalla. Retrata a un personaje que vive entre la ensoñación y la paranoia; estimulado por sus vecinos y familiares que veneran a un grotesco participante del programa como si fuera un profeta, el protagonista vislumbra como única posibilidad de salvación habitar ese Jardín del Edén video-vigilado. 

La historia de Reality es certera (quizá necesaria). Garrone lanza un buen puñado de preguntas al espectador. Sin embargo, el ritmo de la película se embarra en demasiadas ocasiones y las casi dos horas de metraje son excesivas. El gran acierto de la cinta, a parte del descubrimiento de Arena, que hereda las formas del gran Vittorio Gassman, es el verosímil retrato de lo cotidiano y el poderío de muchas de sus imágenes como su inusitado comienzo y las pompas de jabón que rodean al protagonista tras su primera prueba.

lunes, 22 de octubre de 2012

Lo Imposible



El día de la madre debe ser la fecha más señalada en la casa de Juan Antonio Bayona. Si en El Orfanato Belén Rueda encarnaba a una mujer que atravesaba límites imposibles para recuperar a su hijo desaparecido, en la nueva película del director catalán, es un niño el que debe salvaguardar a la autora de sus días en medio del devastador maremoto que sacudió el sudeste asiático a finales de 2004.

La Madre como ángel custodio o tesoro al que custodiar, parece ser una de las principales constantes del director. El otro tema recurrente, que se solapa a la perfección con la figura materna, es la infancia.

Bayona comenzó su andadura cinematográfica con dos estupendos cortometrajes centrados en la edad más entrañable (y fugaz) del ser humano. En Mis Vacaciones (parte 1 y 2), el cineasta imprimía al viaje lisérgico de su niño protagonista, la educación pop de su propia niñez.  En su siguiente obra, la divertida y melancólica El Hombre Esponja (parte 1 y 2), la infancia se ve interrumpida por una temprana madurez; una perturbación igual de irreversible que en El Orfanato y Lo Imposible, aunque por supuesto mucho menos brutal.

La infancia de Bayona es la infancia de los 80, la infancia Amblin producida por Spielberg y filmada por directores como Robert Zemeckis. Ambos referentes a la hora de acercarse a la desgarradora historia de la familia de María Belón, convenientemente publicitada por Mediaset.

Lo Imposible es una obra que posee todas las características del blockbuster americano, incluida una factura técnica intachable, un desorbitado presupuesto (al menos para estas latitudes) y una historia más grande que la vida. Un producto genuinamente mainstream, tanto en continente como en contenido, encaminado a una audiencia global (atrás quedan los días en que Antonio Resines nos animaba a ver historias más nuestras).

Bayona conoce muy bien el terreno por el que se mueve y narra con maestría la odisea de la familia protagonista. El astuto guión de Sergio G. Sánchez está diseñado para agotar kleenex, y lo consigue. Cualquier forma narrativa conlleva algún tipo de manipulación emocional y rechazarla como tal se antoja imprudente. Muchos de los que han criticado lo melodramático de esta propuesta ensalzaron en su día Mar Adentro al más alto pedestal del cine patrio, pese a que Amenábar usó en aquella los mismos mecanismos que articulan en esta Bayona y Sánchez.

Sin embargo, algún pasaje de Lo Imposible avanza con lentitud y la música de Fernando Velázquez recuerda demasiado a la que compuso Michael Giacchino para la serie Perdidos. Sorprende también que, pese ser una película de catástrofes, no haya ningún personaje antipático (quizá sólo ese matrimonio que raciona con avaricia la batería de su móvil).

Lo mejor, la durísima recreación de la tragedia durante la primera parte y el trabajo de Naomi Watts y Ewan Macgregor, ambos aportando su carisma y habitual solvencia. También sale Marta Etura, que como Jorge Sanz en sus buenos años, parece haberse convertido en un elemento indispensable en cualquier filme español.

lunes, 10 de septiembre de 2012

¿Quién robo pan en la casa de San Juan?



Agatha Christie introdujo el paradigma. A saber, un espacio limitado (como una mansión inglesa o el Oriente Express), un cadáver casi siempre distinguido y un grupo de personas relacionados con la víctima, todos con un motivo para el crimen. El detective, ya fuera un excéntrico belga o una anciana cotilla, debía resolver el rompecabezas.

El llamado whodunit (¿quién lo hizo?) es uno de los más queridos y repetidos subgéneros del relato policial. El detective puede ser un franciscano que busca un dogmático asesino en una abadía medieval o un niño mago que descubre secuaces de su archienemigo en su escuela de hechicería. El whodunit también ha sido muy criticado por los lugares comunes que frecuenta como la falsa pista, el personaje sorpresa o el que el a priori más cándido de los sospechosos sea finalmente el culpable (el mayordomo, por ejemplo).

El año pasado (viva la inmediatez) se estrenaron dos películas, basadas en sendos best seller, que siguen la estructura del “quién lo hizo”, Los hombres que no amaban a las mujeres y El Topo, ambas dirigidas por dos respetadísimos realizadores, David Fincher y Tomas Alfredson.

En la primera novela del malogrado Stieg Larson, un periodista en horas bajas y una justiciera informática de lo más antisocial deben resolver un crimen acaecido en los años 60 del que todos los miembros de una acaudalada familia son sospechosos. En El Topo, la gran obra de John LeCarré, el atípico espía George Smiley ha de volver de su retiro para desenmascarar a un infiltrado soviético en la cúpula de los servicios secretos británicos. Las adaptaciones cinematográficas de los dos libros obvian una parte importante de la trama: los sospechosos.

La película de Fincher apenas tantea a la sombría familia Vanger y sus más ocultos intereses; más bien se centra en la atípica personalidad de Lisbeth Salander, por otro lado el mejor acierto de la novela, y en la manera tan cool con la que Daniel Craig se quita las gafas. Alfredson, director de la maravillosa Déjame Entrar, se recrea en los ambientes turbios del espionaje y su cualidad irrespirable; pero apenas describe las motivaciones de los dirigentes del Circus, uno de ellos un traidor al servicio de la KGB, a los que no perfila como personajes sino como unos muebles más de su apática oficina. Estos problemas de guión producen que los únicos espectadores que pueden seguir el argumento de las dos películas son aquellos que hayan leído las novelas, aunque curiosamente ya conozcan el nombre de los culpables.

Lo mejor, la maravillosa caligrafía de David Fincher y las elegantes imágenes de Tomas Alfredson. Así como descubrir a Rooney Mara y disfrutar, una vez más, del gran Gary Oldman, que está igual de bien cuando se contiene como cuando se desata.

jueves, 30 de agosto de 2012

Brave (Incuestionable)



La comparación como método crítico se antoja, cuanto menos, como una muestra de pereza. Tras compararla con anteriores producciones de Pixar, la crítica (al contrario del público que la ha respaldado sin tantos prejuicios) ha tachado a Brave de decepcionante, obviando muchas de sus virtudes; la mayor de ellas, su apabullante factura técnica, marca de la casa. Pero en esta aventura escocesa también encontramos lo que se podría denominar constantes pixerianas. Desde el conocimiento de uno mismo (Bichos, Buscando a Nemo) hasta la rebelión del individuo ante una sociedad mediocre (Los Increíbles, Ratatuille), pasando por el enriquecimiento mutuo que supone la confrontación de personalidades opuestas (Toy Story, Up).

Brave también propone una serie de variaciones al cuento de hadas clásico. La valiente Mérida se convierte en la primera princesa Disney que no necesita de un príncipe azul (como tampoco sus divertidos pretendientes la necesitan a ella). La bruja de la historia (compuesta al estilo del patriarca Miyazaki) se perfila como un ser entrañable, lejos de convertirse en la villana de la función. El papel de malvado se lo lleva una bestia corrompida por el egoísmo, espejo donde podrían mirarse esa madre y esa hija que no saben entenderse.

El argumento de la película tiene una marcada autoafirmación feminista. En las místicas Tierras Altas de Escocia, la estabilidad de un reino, antaño unido frente al invasor, se tambalea cuando la hija del rey rechaza casarse con uno de sus pretendientes, hijos de los nobles vasallos de su padre. Sin embargo, mientras que la mayoría de las heroínas de acción deben exudar testosterona para enfrentarse a los problemas, Mérida emplea su natural inteligencia emocional para resolver, de manera más práctica de lo que hubiera hecho un hombre, el entuerto que ha provocado.

Por último, otra relectura que plantea Brave es la de aquella sociedad que tras haber progresado hasta una aparente armonía se duerme en los laureles de la complacencia y el debate estéril.

domingo, 19 de agosto de 2012

El fin de una clase



A propósito del estreno de Hara-Kiri: Muerte de un samurái, Jordi Costa dice con su habitual lucidez: “Esos samuráis despojados por el poder de su función social no son sólo los daños colaterales de un periodo concreto de la historia japonesa. En ellos se pueden reconocer todos los miembros de esa clase media global que ha entrado en fase de demolición”.

Los samuráis, la nobleza guerrera del antiguo Japón, se presentan como uno de los mayores iconos del país, sino el más grande. Pero la razón de ser de esta clase social, es decir la guerra, estuvo en suspenso durante más de trescientos años de paz.

Entre el establecimiento a principios del siglo XVII del shogunato Tokuwaga, que acabó con las sangrientas guerras entre clanes, y la traumática Restauración Meiji de mediados del XIX, la clase samurái, sin ninguna utilidad bélica, se convirtió en una especie de funcionariado del sistema feudal, burócratas armados con katanas que administraban las posesiones de su señor. Su orgullo de clase, basado en el código del guerrero o bushido, se convirtió en un problema para el resto de la población. Se pasean por la ciudad con ese aspecto amenazador y se van abriendo paso a empujones. Con su fuerza, reprimen a la gente y crean el desorden en la sociedad”, se quejaba de ellos el filósofo confuciano Ogyū Sorai. Después de que en 1855 Estados Unidos obligase a Japón a abrirse al mundo (tanto es así que llegaron hasta Pearl Harbor), los samuráis recuperaron su antigua función guerrera durante las románticas y civiles Guerras Boshin, dónde fueron masacrados por el moderno y occidental ejército del emperador. La clase samurái fue abolida para siempre. 

El género chanbara o cine de espadachines japonés tiene a su mayor exponente en el director Akira Kurosawa (descendiente de una familia samurái) y su mayor obra en su película Los siete Samuráis. Tal como cuenta el documental Great Performances: Kurosawa, mientras el director escribía el guión, aún sin saber por donde iba a ir la historia, se hizo la siguiente pregunta: “¿Cómo es el día a día de un samurái? Pues bien”, se respondió, “un samurái se despierta, se arregla el moño, sube al castillo a trabajar, comete un error y se suicida”. Los siete guerreros de la película, en realidad, son ronin (samuráis sin amo cuyo clan ha sido disuelto, bien por una derrota militar o porque su señor feudal se ha arruinado). Son contratados por unos pobres campesinos que quieren proteger a su pueblo de los continuos saqueos de unos bandidos.

El gran Kurosawa llena de amargura la figura del samurái, aunque también de dignidad y épica. Sus héroes viven al borde de la mendicidad y ayudan a los campesinos por comida. Sin embargo, son capaces de entregar su vida para proteger el pueblo de sus empleadores, aunque se lamentan de tener que matar a los bandidos, que son samuráis sin clan al que servir, como ellos mismos. Kurosawa volvió al género en varias ocasiones, pero abandonó para siempre su aspecto más marginal. O bien idealizó al samurái (Yojimbo, La fortaleza escondida) o lo usó para sus adaptaciones shakesperianas (Trono de Sangre y Ran). Fue el humanista Masaki Kobayashi quien recogió el relevo y se internó en los claroscuros del bushido. Sobretodo en Hara-Kiri.

Hara-Kiri: Muerte de un samurái es un remake de la cinta de Kobayashi. La historia parte de una práctica muy común tras las guerras entre clanes. Un ronin se presenta en un castillo e informa de que su clan ha sido derrotado. Pide humildemente al señor feudal que le permita cometer seppuku (un suicidio ritual) en el interior de sus honorables murallas. El señor se conmueve tanto de la conducta ejemplar del guerrero que le da unas monedas para aliviarle en su vergüenza. Por supuesto, usar un falso seppuku para estafar a un clan es un delito muy grave. En Hara-Kiri, los samuráis hartos de esta práctica tan indecente aceptan la petición de uno de estos embaucadores para dar un ejemplo a los demás. El infeliz que además ha vendido su espada para poder comer, es obligado a abrirse el estómago (porque de eso se trata el seppuku) con un trozo de madera. Poco después del suceso, aparece otro ronin con la misma petición y, pese a que le cuentan la historia de su predecesor, no consiguen disuadirle para que se vaya. Este samurái tiene otras razones para estar allí.

La versión de Takashi Miike peca de una estructura más desorganizada que el clásico de Kobayashi y el impacto del argumento, cuyos detalles se dosifican con torpeza, es mucho menor. Sin embargo, Miike si consigue mostrar con fiereza como aquellos que ocupan el poder institucional, temerosos de perder los privilegios que ostentan en su cargo, son capaces de cometer la mayor de las tropelías. Miike debutó en el chanbara bajo el mismo prisma hace dos años. En 13 Asesinos, un grupo de guerreros se enfrentan a todo el ejército de un gran señor, en realidad un hombre cruel y desalmado. Curiosamente mientras que Hara-Kiri tiene una espléndida primera parte, 13 Asesinos gana enteros en su último tramo. Como David Cronenberg, el normalmente poco convencional Miike ha sido muy criticado por sus propios seguidores por el maravilloso clasicismo de algunas de sus últimas obras. Para quién dude de su capacidad como narrador, decir que en 13 Asesinos consigue filmar una set piece bélica de más de 45 minutos sin que decaiga el ritmo.

Hara-Kiri y 13 Asesinos forman parte del resurgir del género samurái en estos últimos años. En 1999, Nagashi Oshima, director de la famosa el Imperio de los Sentidos, se atrevió a tratar el espinoso tema de la homosexualidad entre samuráis. En Gohatto, un joven espadachín lleva a la perdición, cual femme fatale, a varios compañeros de dojo. El incombustible, Takeshi Kitano resucitó al mítico samurái ciego Zatoichi, en una sangrienta cinta que aunaba western, comedia y un osado número musical que le valió el premio al mejor director en el Festival de Venecia. En la luminosa y sensible Hana, el laureado Koreeda dinamitó uno de los mayores pilares de la cultura samurái, la venganza; un espadachín mediocre al que han ordenado matar al hombre que acabó con su padre descubre la inutilidad de la represalia mientras vive en un pobre y colorido suburbio.

Todas estas películas son estupendas, pero enmudecen al lado de El Ocaso del Samurái. La película de Yoji Tamada inaugura una trilogía que cierran The Hidden Blade y Love & Honnor (dos cintas estimables, pero menos redondas). Seibei del Ocaso, es un samurái de la más baja condición, se encarga de hacer inventarios en el almacén del castillo. Viudo, con dos hijas y una madre senil, tiene que pluriemplearse haciendo jaulas para pájaros para mantener a su familia. Sus compañeros del almacén añaden a su nombre “del Ocaso”, porque se marcha siempre antes del atardecer y nunca quiere acompañarles cuando se van de geishas. Su precaria situación provoca que descuide su aspecto, algo que avergüenza a sus superiores y familiares. Al mismo tiempo que regresa un antiguo amor de juventud, Seibei es obligado por su clan a enfrentarse en duelo a un terrible samurái renegado.

El Ocaso del Samurái recoge el aura crepuscular del Eastwood de Sin Perdón y el melancólico romanticismo de Lo que queda del día, de James Ivory, donde otro sirviente, en este caso un mayordomo inglés, ve como se evapora la clase social a la que ha dedicado toda su vida. La película de Tamada es sobresaliente en la mayor parte del metraje, pero los últimos 30 minutos son absolutamente colosales. Una obra maestra de contención y progresión dramática que se cierra con un duelo a espada magistral. Una fabulosa historia de amor y dignidad. Todo en Tasagore Seibei funciona a la perfección, desde la cuidada ambientación y la fotografía hasta las maravillosas interpretaciones de Hiroyuki Senada y Rie Miyazawa, pasando por la banda sonora y unos soberbios efectos de sonido (el rechinar de las dos espadas chocando es terrorífico).

Queda para el recuerdo la frase con la que clarividente Zenemon Yogo (el maravilloso villano interpretado por Min Tanaka) describe la miseria de aquellos que están sometidos a los vaivenes de los poderosos: “Sé lo que se siente, uno abre el cajón del arroz y lo único que ve es el fondo”.

viernes, 27 de julio de 2012

High Noon



Se cumplen 60 años del estreno de Solo ante el peligro (esta vez, mucho mejor su título en castellano, el original es High Noon traducible como “a mediodía”; el título en América Latina tampoco está mal, A la hora señalada). La película es una metáfora poco disimulada sobre el estado moral de Hollywood durante el macarthismo. Su guionista, Carl Foreman, fue incluido en la lista negra de los estudios por negarse a dar información en el Comité de Actividades Antiamericanas. Gary Cooper, que la protagoniza, también declaró en el comité y, aunque tampoco delató a nadie, salió mucho mejor parado (ganó un oscar por interpretar al sheriff Kane).

La película de Fred Zinneman es mucho más que una magnífica alegoría, es también un maravilloso experimento cinematográfico: la trama se desarrolla a tiempo real. Su historia es sencilla y, por tanto, extraordinaria. En un pueblecito del oeste, unos bandidos pretenden matar al sheriff por haber encerrado a su jefe unos años antes. Mientras estos esperan a que el villano, ya libre, llegue en el tren de mediodía, el pobre sheriff recorre el pueblo pidiendo ayuda a sus vecinos. Los más amables le aconsejan que se vaya del pueblo, lo demás lo mandan directamente a paseo. Al final, el sheriff mata a los bandidos y a su jefe con la ayuda de su joven esposa cuáquera, que ha renunciado a sus convicciones pacifistas por amor.

El argumento, que mostraba por primera vez a un héroe muerto de miedo, fue muy criticado por Howard Hawks y John Wayne (este último, íntimo de Gary Cooper, pensó que habían engañado a su amigo para que la protagonizara). Hawks y Wayne, paradigmas del virilismo, consideraron humillante ver a una figura tan emblemática como un sheriff americano mendigando ayuda para matar a los malos y que, para más inri, su mujercita fuera la que al final le salvara. Para contrarrestar, filmaron Río Bravo, otro clásico del género. En esta, el sheriff (Wayne) se ve asediado en su propia oficina por la banda de un malvado ranchero que quiere liberar a su hermano encerrado en el calabozo. Para resistir el cerco, cuenta con la ayuda espontánea de un viejo cojo, el borracho del pueblo, uno que canta y Angie Dickinson. La película le salió tan bien que Howard Hawks se plagió a si mismo unos años después en El Dorado. Nada censurable, Hitchcock decía que el estilo era copiarse a uno mismo.

El combate entre Solo ante el peligro y Río Bravo/El Dorado es tremendamente desigual. Mientras que el frágil Gary Cooper debe pelear completamente sólo, al machote de John Wayne, que podría sin problemas con toda una reserva india, le salen aliados de debajo de las piedras. Además en Río Bravo tienen dinamita, Cooper sólo cuenta como apoyo logístico con la manicura de Grace Nelly y la mirada anfibia de Katy Jurado.

Las tres películas son maravillosas. Sólo ante el peligro es una clase magistral de suspense in crescendo y un retrato feroz de una colectividad impresentable. Río Bravo tiene unos primeros minutos sin diálogos magistrales. En El Dorado salen, además de Wayne, Robert Mitchum y James Caan, pero ninguno canta.

miércoles, 25 de julio de 2012

El látex lo cubre todo




Se entiende eufemismo como suavizar una opinión que dicha literalmente sonaría maleducada. La palabra controvertido/a es, por sí sola, un eufemismo. Controvertido es el adjetivo que más da lugar a opiniones contrapuestas y, es más, esta cualidad es su definición. El calificativo más benevolente que se puede adjudicar a cualquier actuación que se considere equivocada, o cuanto menos cuestionable, es al mismo tiempo la forma más indiferente de condenarla. Definir a algo o alguien de controvertido es, en sí mismo, una manera de disculpar aquello con lo que no se está de acuerdo.

En lo que va de año se han estrenado dos películas biográficas sobre sendos personajes históricos que generan todavía mucha controversia: J. Edgar y La Dama de Hierro. Ambas están primorosamente ambientadas en un pasado relativamente cercano y los principios y acciones de los dos personajes pueden extrapolarse a nuestro tiempo.

La primera, dirigida por Clint Eastwood, trata sobre el primer director del FBI, el maquiavélico John Edgar Hoover. Hoover pasa por ser uno de los funcionarios más longevos de la historia de los Estados Unidos. En un país acostumbrado a limitar los mandatos públicos, este hombre vio desfilar durante casi cuarenta años, desde el balcón de su oficina, a ocho presidentes americanos. Entre sus alabanzas se encuentra el hecho de ser el padre de la investigación criminal moderna. Su mayor crítica consiste en que uso todos los medios con los que contaba su poderosa oficina para espiar ilegalmente a todo el que consideraba un riesgo para la seguridad del país. Siendo Hoover un paranoico, el final de su lista de sospechosos es difícil de vislumbrar. A los ochos presidentes antes mencionados, hay que añadir en esa lista figuras tan dispares como Martin Luther King (al que no pudo amilanar) o John Lennon (?).

J. Edgar, retrata por medio de saltos en el tiempo, los primeros años de Hoover al mando de su bisoña oficina y la última etapa de su vida, temido por todos, pero también rodeado de amenazas. La más aterradora, la propia Historia a la que plantará cara escribiendo sus memorias, su versión de los hechos. La película está protagonizada con solvencia por Leonardo DiCaprio y Armie Hammer y su elemento más discutido son los litros de látex que se usaron para caracterizar a ambos actores en la vejez de sus personajes. Cabría pensar que no hay opción mejor que el oscurantismo que Eastwood imprime a sus imágenes para acercarse a un personaje con tantos claroscuros, pero su Hoover resulta demasiado difuso en los contrastes.

“Dama de hierro” fue el apodo cariñoso que otorgaron en el bloque soviético al primer dirigente occidental de sexo femenino, desde entonces a cualquier mujer que dirija un país la prensa la recubre de algún tipo de material de extrema dureza. Aparte de controvertida (y, ojo, carismática), el mejor adjetivo que se puede aplicar a Margaret Hilda Thatcher, nacida Roberts, es el de inamovible. Thatcher permaneció impávida en sus convicciones no sólo en sus relaciones con la Unión Soviética y el comunismo, sino también frente a la huelga de hambre a la que se sometieron Bobby Sands y otros presos norirlandeses para reclamar su estatus de presos políticos. Acabó ganando su pulso contra las huelgas sindicales y cimentó el exultante resurgimiento económico de la Gran Bretaña de los 80 sobre unos servicios públicos casi inexistentes (léase Historias de Londres, donde el periodista Enric González describe brillantemente el estado paupérrimo del hospital donde estuvo ingresada su esposa en aquellos años). Su afán por la desregulación de los mercados financieros junto con la privatización de empresas públicas, la han convertido en la santa patrona del movimiento neoconservador. Irónicamente, la conservadora Thatcher fue de los primeros políticos ingleses en apoyar la despenalización de la homosexualidad y la legitimidad del aborto.

La Dama de Hierro, el film, se sustenta ante todo y sobretodo en el magnífico trabajo de Meryl Streep, que le valió su tercer y, hasta ahora, último oscar. Es una película mucho más olvidable que la obra de Eastwood, aunque sigue una dinámica similar.

La mayoría de los biopics se estructuran de manera muy similar (ascenso, caída y resurgimiento del individuo a retratar) y siguen las pautas de toda narración, la transformación del personaje debido a los conflictos que debe superar. El interés que despierte la historia se basa en la empatía que genere en el público sus personajes y el viaje dramático que desarrollan. Se ha debatido mucho, y no vamos hacerlo aquí, sobre los mecanismos de la empatía (¿al final de El Octavo Pasajero realmente el público quiere que la teniente Ripley escape o lo cierto es que, en lo más profundo de su alma, prefiere que el alien la fecunde?). Dado que ambas películas son productos de Hollywood y por lo tanto tratan de llegar a la mayor audiencia posible, ¿cómo el público de tan amplio abanico puede identificarse con personajes reales de comportamientos tan extremos? La respuesta es sencilla, los ricos también lloran. Ambas películas utilizan las debilidades de ambos personajes para presentarlos más humanos.

Eastwood nos enseña un Hoover hitchcockiano, edípico, modestamente trasformista, que lucha empecinadamente contra su verdadera orientación sexual. Es en esta parte donde la película gana enteros y no en los enfrentamientos políticos o las pesquisas policiales que deberían marcar la historia. Los avances en criminología se limitan al caso Lindberg, obviando otros que definirían mucho mejor al personaje (¿dónde está su obstinada negación a la existencia de la mafia?, ¿y la caza de brujas?). Por otro lado, los problemas que tuvo que sortear Hoover para controlar a cualquier inquilino de La Casa Blanca, se reducen a los resúmenes que hace a su ayudante Clyde Tolson a la luz de las velas. Ahí es donde hay una buena película. Cuando el elegante Armie Hammer seduce al torturado Leonardo DiCaprio. Cuando Hoover atraído por Tolson trata de animarle a que se enrole en su Oficina. Cuando Tolson elige corbatas para Hoover. Cuando la madre de Hoover (magnífica Judi Dench) le advierte de los rumores que le rodean. Incluso cuando al final de la historia, cubiertos ya por esas máscaras chanantes, ambos hombres viven como un viejo matrimonio malavenido.

Y así, convirtiendo su biopic político en una extravagante historia de amor, un tira y afloja de pasiones reprimidas, Eastwood escamotea con maestría el retrato necesario de un personaje histórico y, de alguna manera, cubre sus acciones más discutibles bajo el morbo de su vida personal. Además, para lograr aún más la empatía del público, al final de la película compara a su protagonista con un personaje mucho más odioso: el malhablado Richard Nixon. Justo lo contrario que hizo Oliver Stone en su biopic presidencial, donde el controvertido era Nixon y el malo (malo) era Hoover, interpretado en aquella por Bob Hoskins, con un trabajo mucho más cruel y abiertamente homosexual que el realizado en esta por DiCaprio.

Phyllida Lloyd hace otro tanto en La Dama de Hierro. La película apenas raspa la trayectoria política de Margaret Thatcher, Se limita a mostrar el deterioro de una anciana aquejada de demencia senil. El bueno de Jim Broadbent repite el papel que le valió el oscar por Iris, el de marido segundón, pero bondadoso. La anciana Thatcher interactúa con su esposo muerto mientras vacía el armario que contiene sus trajes y zapatos. Mientras tanto, revive los ecos de su pasado tan deprisa que el espectador apenas tiene tiempo de formarse una opinión sobre su vida política. Su ferviente antisindicalismo se transforma en una sencilla oda al esfuerzo y la cultura del trabajo. El problema en Irlanda del Norte se reduce a Thatcher traumatizada tras el asesinato de un colaborador y, posteriormente, sobreviviendo a un atentado en Brigthon. Hay un paréntesis bélico con Thatcher rodeada de militares frente un enorme hundir la flota ambientado en las Islas Malvinas (curioso que el poderoso ejército de Su Majestad parezca temer a la pobre carne de cañón que envió la Junta Militar argentina a Port Stanley y necesiten del aliento de Thatcher para llevar a cabo la gesta).

La película si se detiene en ciertas notas más amables de su carrera, la de la mujer que se introduce en un mundo dominado por hombres; el orgullo de clase de la hija de un tendero frente a la elite de oxbridge a la que pertenecen sus compañeros de partido; o el alejamiento familiar que conlleva todo servicio público de gran altura. Matices que no producirían tanto desapego como ver a Meryl Streep impasible frente a la huelga de hambre de los presos del IRA, que apenas se menciona. El espectador solo ve a la anciana Thatcher pasear por los recovecos de su casa acompañada por su difunto esposo, una alucinación neblinosa que dota a la historia de una gran ternura al tiempo que aparta el foco de interés. Como la verdadera Thatcher, la película de Lloyd padece (aunque deliberadamente) una falta progresiva de memoria y lucidez.

Un personaje menos controvertido (de momento, la opinión generalizada todavía lo califica de monstruo) es Adolf Hitler. La película de Olivier Hirschbiegel, El Hundimiento, sigue siendo el acercamiento más brillante (y catártico) al personaje. Los últimos días de Hitler y el nazismo son descritos con una objetividad y verosimilitud encomiables. Al estrenarse la película, algunos círculos judíos criticaron la humanidad con la que se presenta al monstruo, pero lo cierto es que es uno de los mejores retratos sobre un personaje real que se hayan filmado. No solo muestra la mente desquiciada de Hitler (soberbio Bruno Ganz) y sus detalles personales más desconocidos (el parkinson y su vegetarianismo) sino lo más terrible y patético, la cualidad mesiánica que le otorgaban sus subalternos. El Hundimiento muestra el golpe que reciben todos esos alemanes al escuchar, por primera vez, los desvaríos del hombre al que han seguido a pies juntillas. Hay pegas, por supuesto. El respeto con el que el director trata el suicido de Hitler y Eva Braun, (tan solo se oye un disparo recorriendo los pasillos del búnker,  sus cadáveres siempre están fuera de campo o cubiertos con una manta). El mismo pudor se repite cuando aparta la cámara durante la muerte (similar) de Joseph y Magda Geobbles. Este ataque de vergüenza desaparece cuando se muestra en primer plano los suicidios de nazis menores casi desconocidos o, incluso, el horrible asesinato de los niños Goebbles a manos de su propia madre.

Volviendo a los protagonistas de este post, el problema que plantean J. Edgar y La Dama de Hierro es que se han convertido, y solo el cine puede conseguirlo, en los principales documentos sobre Edgar Hoover y Margaret Thatcher, y la visión dulcificada que dan de ambos puede generalizarse. Ambas obras siguen la misma hoja de ruta bajo la capa de látex. Se vuelcan más en los remordimientos de la vejez, que en aquellas decisiones que realmente marcaron la Historia.

El esquivo Hoover, a parte de la mencionada Nixon, también aparece, interpretado por Billy Coudrup (muy bien, por cierto), en Enemigos Públicos, el desfase digital de Michael Mann. Por otro lado, el thatcherismo puede respirarse en el mejor cine social británico, como Billy Elliot de Stephen Daldry, High Hopes de Mike Leigh, o Full Monty de Peter Cattaneo; y también está presente en los acercamientos más tensos al conflicto de Irlanda del Norte, como en Agenda Oculta de Ken Loach o Hunger de Steve McQueen.